Contra todo pronóstico: ¡etiquetado claro ya!

Dr. Simón Barquera

Por Dr. Simón Barquera
Director del Centro de Investigación en Nutrición y Salud del Instituto Nacional de Salud Pública

En el año 2006, el Instituto Nacional de Salud Pública (INSP) junto con el Instituto de Medicina de los EUA, organizó un taller para analizar el problema de la obesidad en la población infantil mexicana en ambos lados de la frontera, después de que se documentaran aumentos sin precedente. Se realizó un análisis importante de bases de datos y registros disponibles que pudieran orientar sobre oportunidades de acción inmediata necesaria para prevenir la creciente epidemia. Entre las conclusiones que se publicaron posteriormente, se identificó al etiquetado de productos ultra procesados como una estrategia prometedora para influir en elecciones más saludables por parte de la población.

En el 2010, se desarrolló el Acuerdo Nacional para la Salud Alimentaria (ANSA), coordinado también por el INSP. Este incluyó un objetivo que específicamente contemplaba al etiquetado de alimentos como forma de orientar a los consumidores. Se formaron mesas de trabajo donde participaron expertos en nutrición y salud. Por parte de la industria, asistieron a las mesas abogados y responsables de asuntos regulatorios que llegaron con instrucciones muy claras y a los que no hubo forma de persuadir. El resultado, después de cuatro años de investigación, fue una oposición total a la iniciativa, a pesar de que ya para ese entonces se habían presentado diversos estudios y evidencia en población mexicana.

En lugar de ello, en ese mismo año, la industria de alimentos ultra procesados comenzó a adoptar voluntariamente el etiquetado de Guías Diarias de Alimentación (GDAs). Un sistema desarrollado por ellos, sin ninguna evidencia de impacto positivo en población mexicana o de alguna otra parte del mundo. Al hacer un análisis cuidadoso de este sistema, se pudo comprobar que se trata de una estrategia engañosa que hace ver bien a productos de muy mala calidad como cereales azucarados y bebidas calóricas entre otros alimentos chatarra. Para colmo, este fue adoptado en el 2014 de manera oficial por COFEPRIS en acuerdo con la industria y a pesar de la gran oposición de grupos de sociedad civil y académicos.

Casi al mismo tiempo, en Chile se desarrolló un etiquetado de alimentos que consistía en unos sellos en forma de octágono, negros, con las leyendas: alto en sodio, alto en grasa, alto en azúcar y alto en calorías. Este etiquetado entró en vigor junto con un reglamento que obligó a que la comida chatarra retirara personajes y otras estrategias de publicidad dirigidas a niños de los productos. La simpleza de esta estrategia rápidamente dio la vuelta al mundo. Este sistema ha demostrado reducciones en el consumo de alimentos con ingredientes nocivos para la salud.

En México se comenzaron a realizar desde el 2015 estudios comparativos de la comprensión de este etiquetado y del GDA con apoyo de UNICEF. Muy pronto se pudo demostrar en diferentes grupos poblacionales e incluso con la Encuesta Nacional de Nutrición y Salud, que un etiquetado de advertencia como el de Chile era ampliamente mejor comprendido que el GDA. Los siguientes cuatro años, grupos de académicos desarrollaron diversos estudios que hicieron indefendible al etiquetado GDA y permitieron que en el 2020, 14 años después del primer llamado de acción inmediata, el poder legislativo aprobara de forma casi unánime, modificaciones a la Ley General de Salud, para la implementación de un etiquetado de advertencia. Posterior a lo cual se llevó a cabo una actualización de la norma de etiquetado mexicano de forma transparente, con presencia de la industria de alimentos procesados, y esta vez además con la presencia de la academia, organizaciones internacionales, institutos nacionales de salud y de la sociedad civil.

El primero de octubre del 2020, en sólo unas semanas, se implementará la primera fase del etiquetado de advertencia mexicano, basado en el chileno, pero con mejoras importantes, resultado de la nueva evidencia nacional e internacional. Este esfuerzo ha sido reconocido por el director de la Organización Mundial de la Salud, así como por la Organización Panamericana de la Salud, UNICEF y FAO. Se trata posiblemente del sistema de etiquetado de alimentos que cuenta con el más amplio cúmulo de evidencia científica de respaldo a nivel mundial. Es importante resaltar que nunca se ha visto a esta estrategia como la solución a la epidemia. Solo pretende contribuir facilitando las elecciones para quienes quieren una alimentación saludable. Obviamente esto deberá de ir acompañado de otras medidas como la regulación de publicidad dirigida a niños, un programa innovador de educación para la salud y la buena alimentación en todas las etapas escolares, medidas fiscales, fortalecimiento de la orientación alimentaria y una campaña masiva en medios para procurar una dieta sustentable, sin plásticos y basada en alimentos básicos, frescos y preferentemente de producción local y de temporada.

Por una parte es penoso que haya tomado 14 años de trabajo de muchas personas lograr la aprobación de una estrategia tan positiva para la salud. La oposición férrea principalmente de fabricantes de productos ricos en ingredientes poco saludables no puede detener por tanto tiempo pasos indispensables que nuestro país requiere para una mejor salud. Sus estrategias insensibles a la epidemia, han quedado ampliamente documentadas en reportes científicos internacionales sobre el conflicto de interés y políticas de salud pública. Actualmente preparan una cadena de amparos que confirman una falta de visión a largo plazo y ausencia de responsabilidad social.

¿Qué le depara el futuro a nuestra población? ¿Podremos organizarnos a favor del interés superior de los niños, el derecho a la salud, la alimentación y el medio ambiente? ¿Permitiremos que compañías transnacionales continúen interfiriendo en cada iniciativa de salud pública necesaria?

Si esta estrategia lograra tan sólo una reducción sostenida de 37 calorías per cápita al día (el equivalente a una cuarta parte de una lata de refresco), en cinco años alcanzaremos un ahorro en salud superior a 39 mil millones de pesos. Depende de nosotros.

*El Dr. Barquera es miembro de la Academia Nacional de Medicina, miembro de la Academia Mexicana de Ciencias. Investigador Nacional (SNI-3).

Twitter:@SBarquera