El tribunal del planeta tierra: el juicio de Monterrey

Por Guillermo Martínez Berlanga / Ecologista

Un valle de encinos muertos custodiaba el tribunal, al frente de éste se encontraba elegantemente, ataviado y colgado de cabeza, un juez murciélago. El jurado lo integraban una cañada invadida, una nube contaminada y un perrito de la pradera mutilado. Expectantes estaban el resto de los animales y las especies nativas de la flora de Nuevo León.

El acusado era la sociedad regiomontana, representada por un político corrupto, un empresario desalmado, un habitante desinteresado, un activista vendido, una industria necia e insensible y un reportero comprado.

Nuevo León –dijo con tono serio el juez murciélago- tus crímenes son devorar montañas, contaminar ríos con petróleo, envenenar el aire que respiras. Por décadas te dedicaste a invadir los cerros, a construir tus palacios altaneros en lugares prohibidos.

Despreciaste a la naturaleza, te apropiaste de un río injustamente y no aprendiste la lección.

Les robaste a los osos sus casas y los capturaste, y ultrajaste cuando entraron a las tuyas, le quitaste al agua su reino, derribaste bosques para hacer estadios.

A ti, político, te acuso de vender tus acciones, de entregarte a los empresarios corruptos, de simular que amabas a la naturaleza y crear dependencias para defenderla. Se te acusa de faltar a tu labor de proteger el suelo que gobiernas y de prestarte a los más graves ecocidios; como testigos llamó al bosque la Pastora, al Cerro de la silla y al Parque Fundidora.

A ti, empresario desalmado, te acuso de hacer todo por dinero, de robarte el agua en las montañas, de priorizar la riqueza por encima de la tierra. Tu avaricia no tuvo límites; como testigo, llamo a los niños con cáncer, a los enfermos terminales por problemas respiratorios y a todos los manantiales secos.

A ti, habitante desinteresado, te acuso de preferir el futbol que a tu propia tierra, te acuso de ver cómo nos destruían y no hacer nada. Preferiste observar la televisión y mirar a otro lado mientras tus montañas se quemaban. Te burlaste de los que quisieron defendernos, los ninguneaste e incluso los humillaste. Como testigos, llamo al despojo del Huajuco, a las faldas de todas las montañas y a todos los parques públicos concesionados.

A ti, activista vendido, se te acusa de ser un mercenario, de impulsar agendas oscuras, de ser un lobo disfrazado de oveja.

Menospreciaste a todos aquellos que se oponían a tus patrones, monopolizaste la defensa de la tierra para luego dejarla abandonada. Usaste nuestra causa para que las empresas te pagaran y, después, dejar a la tierra abandonada a su suerte.

A ti, industria necia e insensible, se te acusa de aferrarte a tu falsa inocencia, negaste siempre tus crímenes, jamás admitiste tus errores. Se te pidió muchas veces que cambiaras tu paradigma como se hace en el primer mundo. Pero por mezquino te negaste. Creíste que el planeta se compraría tus cuentos baratos. Pero no, la tierra no perdona ni olvida. Como testigos, llamo al derrumbe en el fraccionamiento Antigua; al aire contaminado afuera de Ternium; al oxígeno que destruiste en las pedreras y las cementeras.

Y a ti, reportero comprado, te acuso del crimen más grave de todos: de engañar a la gente. De censurar a las voces críticas y promover a las pagadas. Fuiste tendencioso con tus notas, ignorabas hechos graves y preferías hacerle promoción a todo aquel que pagara, ya fuese a la empresa sin responsabilidad social o al politiquillo de moda que quería seguir chupándose el erario. Como testigo, llamo a todas las voces que ignoraste y a todos los desplegados que mostraste.

Aunque sus pecados son diferentes, su sentencia será colectiva, este tribunal del planeta les sentencia a 20 años de inundaciones por robarle al agua, a 20 años de oxígeno sucio por envenenar al cielo; a dos décadas de fenómenos meteorológicos extremos por destruir los bosques, a ver cómo sus familiares se asfixian por lo que ustedes mismos hicieron.

En nombre de todo árbol, río, animal y planta que destruiste, tendrás que pagar con un futuro gris y sucio, con la incertidumbre de no saber en qué momento un huracán destruirá tus calles.

El Cerro de la Silla se levantó en aplausos, los encinos muertos reverdecieron y los ríos desviados volvieron a resurgir. El regiomontano quiso apelar, pero ya era demasiado tarde. La corte del planeta no sabe de amparos ni suspensiones, y si bien esta sentencia quizá tarde en llegar, tengamos por seguro que de seguir así, tendremos que pagarla todos más temprano que tarde.

Twitter: @GMtzBerlanga