Las cárceles como espejo social

Por Ciudadanos en Apoyo a los Derechos Humanos A.C. (CADHAC)

“Nadie conoce realmente a una Nación hasta que ha estado dentro de sus cárceles”, esta frase atribuida al Premio Nobel de la Paz, Nelson Mandela, coloca a México ante un dificilísimo examen de sí mismo como sociedad y gobierno.

Los constantes hechos violentos que sacuden reclusorios de distintas partes del país, en particular y de manera recurrente en Nuevo León, nos indican que la crisis de derechos humanos que afecta a la nación se manifiesta de manera extrema e inhumana en los reclusorios, y entre las víctimas que padecen las consecuencias trágicas de la incapacidad estatal y la indiferencia social ante esto destacan los miles de mujeres y hombres que viven internos en las cárceles; muchos de ellos por haber infringido la ley, pero muchos otros también simplemente porque no han tenido recursos para una defensa eficaz que muestre su inocencia.

Los tres reclusorios de Nuevo León –Topo Chico, Apodaca y Cadereyta- en el transcurso de unos cuantos meses han sido escenario de hecho violentos que han trascendido a los medios de comunicación; en cada ocasión se ha denunciado las violaciones a los derechos humanos de las y los internos y de sus familias, y una y otra vez las autoridades estatales han minimizado los hechos y asegurado que mantienen el control de los centros de reclusión.

¿Quién asume la responsabilidad por los internos que han fallecido en esos hechos, por las decenas de lesionados, por el daño a la integridad física, moral y psicológica de todas estas personas, tan sujetas de derechos como cualquiera de nosotros? La Constitución señala que es el Ejecutivo el responsable de organizar el sistema penitenciario sobre la base al respeto a los derechos humanos. Es evidente el incumplimiento de esta obligación constitucional.

De parte de la sociedad nos toca reconocer que las mujeres y hombres internos en las cárceles son seres humanos, privados de su libertad pero, con dignidad y sus derechos que deben ser respetados. Si esto no nos conmueve y nos lleva a exigir la reforma profunda del sistema penitenciario teniendo como criterio normativo los derechos humanos, contribuiremos a nuestra propia deshumanización.

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