Protejamos su despertar

Por Paola Josefina González Castro / Profesora de la Escuela de Psicología de la Universidad de Monterrey

Una de las aristas más normalizadas de la violencia doméstica son los malos tratos y castigos hacia los menores, esa nalgada a tiempo que pretende educar y servir de ejemplo.

Criar con violencia, bajo el precepto de que a nosotros nos criaron así y ahora somos gente de bien, involucra un error de razonamiento. Asumir que se está bien, mientras se recuerda una historia de violencia, no hace de los golpes el motor de nuestra socialización, sino eterniza el círculo de violencia.

Investigaciones científicas han concluido que las prácticas de crianza en las que se ha sistematizado la violencia se asocian a daños en el desarrollo cerebral, depresión, ansiedad, abuso de sustancias, violencia e incluso autoagresión.

Las respuestas que demostramos ante situaciones difíciles, nuestra capacidad de hacer frente a la frustración, constituyen modelos a seguir en la construcción de la identidad de nuestros hijos.

Recae en la familia la titánica tarea de enseñar a los menores a orientarse de manera respetuosa, autogestionada y proactiva hacia ellos mismos y hacia sus semejantes. La familia también debe ser esa fuente de amor y seguridad que impulse a niños y jóvenes a buscar, en esta época que tanto hace falta, mejores mundos, más humanos.

El ideal de una mejor sociedad no puede ser concebido si desde el hogar no ejercemos crianzas respetuosas, constantes y firmes que puedan marcar y anticipar los límites y en las que el cariño no se confunda con hiperprotección.

Un ambiente de crianza amoroso y respetuoso contribuye más a una vida longeva, lograda y digna, que cualquier otra variable; no solo el trauma se transmite transgeneracionalmente, también se puede transmitir la resiliencia.

Contacto: paolaj.gonzalez@udem.edu